Reacción y resistencia

Este artículo inaugura una serie dedicada a reaccionar y resistir ante la civilización humana en el siglo XXI. No desde la nostalgia por su pasado o la ilusión de su futuro, sino desde el reconocimiento de que se han alterado las condiciones de la condición y convivencia humana, en todas sus dimensiones. El fundamento de la humanidad, su configuración y organización, su estructura y funcionalidad, han sido desafiadas por las crisis contemporáneas que surgen y moldean las realidades.

La conversación civilizatoria y el sentimiento público ya no ocurren en los mismos marcos filosóficos, científicos, espirituales e institucionales. Y eso cambia todo.


La auto-organización de la sociedad

Es evidente que las civilizaciones humanas comparten una propiedad fundamental con otros sistemas del universo: la emergencia de la auto-organización. Si bien esta idea se manifiesta en múltiples fenómenos, es importante decir que cada contexto posee condiciones únicas que diferencian sus expresiones, aunque la lógica subyacente —la lucha contra la dispersión— sea la misma.

Por un lado, un ejemplo ilustrativo es el caso de la vida biológica. Dónde los científicos más rigurosos hablan de Autopoiesis (o auto-producción). A diferencia de una máquina —que es ensamblada por un agente externo a ella y requiere reparación externa si falla—, un sistema vivo es una maquinaria que se repara y reconstruye a sí misma constantemente desde adentro, dadas las condiciones para su constante evolución.

Por otro lado, un ejemplo en la frontera de la ingeniería es el caso de las máquinas de microchips ASML, la cual nos ofrecen una buena metáfora visual. Para generar luz EUV -Litografía Ultravioleta Extrema-, un chorro continuo de estaño tiende naturalmente a romperse. Al principio, esta ruptura es irregular y caótica, pero al caer las gotas se van agrupando por las frecuencias armónicas entre el ambiente y su estructura. No hay un "director" ordenando cada gota; es la física del sistema buscando estabilidad.

En el caso de las sociedades humanas, la complejidad es exponencial, pero no por ello escapan a esta idea. Aquí también observamos patrones que, como bien señala Juan Esteban Constaín, no son meramente repetitivos, sino reproductivos. La historia "rima" porque la estructura del sistema humano busca, una y otra vez, estados de estabilidad ante la incertidumbre. La "opinión pública" deja de ser entonces un acuerdo para convertirse en un mecanismo de defensa.

En vez de justificar esa definición de "sentimiento público" desde lo social, antropológico o biológico, entraré superficialmente al campo de la neurociencia y la psicología para tratar de entener esto con rigor. Para ello debemos acudir al Principio de Energía Libre, introducido por Karl Friston sobre sistemas auto-organizados.

Cualquier sistema que quiera perdurar en el tiempo —sea una célula, un cerebro o una nación— debe establecer una frontera, lo que en matemáticas se llama una Manta de Markov (Markov Blanket). Esta manta separa "lo que soy" (orden interno) de "lo que no soy" (caos externo). Esto se logra al minimiza la diferencia entre sus predicciones internas y las entradas sensoriales reales o externas para sobrevivir. Funciona como una "inferencia activa" que reduce la "sorpresa" o incertidumbre, manteniendo el orden interno.

En nuestras sociedades contemporáneas, usando la metáfora de los chips de ASML, la "tensión superficial" que mantiene unida esta frontera -Manta de Markov- no es física, sino psíquica y mimética. Aquí es donde la mimética se encuentra con la termodinámica:

  • Minimización de Sorpresa: El cerebro humano es una máquina de predicción que busca minimizar la "energía libre" (la sorpresa o el error de predicción). Pensar por uno mismo en un entorno caótico es energéticamente costoso y aterrador.

  • Sincronización: Para ahorrar energía y reducir la incertidumbre, los individuos alinean sus modelos internos con los del grupo. Adoptamos el "sentimiento público" no porque sea cierto, sino porque es eficiente.

Si aceptamos la premisa de que las civilizaciones son sistemas auto-organizados, el sentimiento público deja de ser un "consenso democrático" y se revela como un mecanismo de supervivencia. Las ideas que sobreviven y se reproducen virales son aquellas que mejor refuerzan la Manta de Markov del grupo, permitiendo a sus integrantes sentir que el mundo tiene sentido, aunque ese sentido sea una alucinación sesgada y dispersa.

Por tanto, el "sentimiento público" del siglo XXI no debe entenderse como un ágora de personas debatiendo racionalmente, sino como la manifestación de una Inferencia Activa a gran escala.

Son estructuras de información gigantescas que utilizan a los seres humanos como estados activos para proteger su propia integridad. Cuando las masas se mueven al unísono, impulsadas por la indignación o la esperanza, no estamos viendo libertad individual; estamos viendo a un superorganismo ajustando su frontera para resistir la dispersión. Los ciudadanos no son los arquitectos de la realidad; son los soldados involuntarios de una estructura implícita que lucha por no disolverse en el ruido de las historias que nos contamos.

Esto no significa que nosotros, como partes de ese sistema complejo, no podamos ser las señales de futuro que amplifican, o modulan al menos, nuestra realidad. En palabras de Edgar Morin: "Se nos dijo que la política debe ser simplificante y maniquea. Lo es, ciertamente, en su versión manipulativa que utiliza a las pulsiones ciegas. Pero la estrategia política requiere al conocimiento complejo, porque la estrategia surge (o emerge) trabajando con y contra lo incierto, lo aleatorio, el juego múltiple de las interacciones y las retroacciones."