La creación no debería ser una actividad aislada del sistema vivo del que somos parte. He aprendido que se fundamenta en una lectura profunda del territorio.

Existen condiciones ecológicas, sociales y simbólicas que pueden dar lugar a la producción de instrumentos, objetos y experiencias que expanden la vida cotidiana de manera implícita. Sin embargo, al hablar de territorio no me refiero únicamente a algo externo a la persona; la creación también parte de una percepción analizada: un territorio interno. La observación no es neutral, es mediada por emociones, memoria y una sensibilidad. Siendo estos el puente entre exterior e interior.

Tras la lectura de El elogio de la sombra, de Junichirō Tanizaki, es posible reconocer que existen creaciones e invenciones que, por más cotidianas que parezcan, logran fusionar arte y diseño. Entendiendo el arte como lo describe Leo Tolstoy en su libro What Is Art?: “El arte no es artesanía; es solo la transmisión del sentimiento que el artista ha experimentado. Y la sensibilidad/intuición solo puede ser inculcada en un hombre cuando vive plenamente su esencia, la vida natural y propia de la humanidad.”.

Diseñar deja de ser únicamente un ejercicio de resolución inmediata; se convierte también en un acto de traducción: una interpretación de condiciones existentes que se amplifican en nuevas formas de experiencia.

Mi invitación se orienta hacia preguntas como estas (sin negar que podrían existir infinitas más):

  • ¿Si vivimos en ruido y calor, cómo construimos, desde lo más minucioso o cotidiano, el silencio y el refinamiento del frío?
  • ¿Cómo co-crear con el agua? ¿Cómo guiarla sin imponer sobre ella?
  • ¿Cómo disipar en lugar de aislar? ¿Cómo suplir la ausencia de luz de manera circular y responsable?
  • ¿Cómo crear a favor del ritmo de la comunidad?

Creo que todo conlleva a un estado de sintonía con un sistema complejo, y a la construcción de una red intuitiva de decisiones desde la cual ejercer el oficio del artista.